ESPECIAL SAN VALENTÍN/Musas literarias

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AUTORA: Adelina Gimeno Navarro
TITULO: TE QUIERO
Aún no ha amanecido, el día de los enamorados no ha despertado todavía, pero siempre lo hemos dicho. Aunque estuviésemos separados nos íbamos a escribir siempre.
Y aquí me tienes amor mío, un día más, otro año comprometiéndonos con nuestro querer. Para qué, para que no muera, para que viva en nosotros, en nuestras letras.
Puedes creer que ya estoy deseando leerte, pero para ti aún es pronto, sigues dormido cariño. Lo sé, mi necesidad por escribir siempre te ha obligado a replicar mis letras.
Deberíamos de patentar este modo de comunicar los sentimientos, es fiel y no se puede rectificar. Así lo hacemos y siempre lo hemos hecho amor, también sé que la distancia no es el olvido, la prueba, nosotros.
Esta separación forzosa nos obliga a querer que nos digamos te quiero, que nos esperemos el uno al otro. No queda otra, cariño, el amor de verdad es así, sufrido, cómplice de dos.
Un día el destino se sinceró con nosotros, el sino de nuestro amor habló y así lo hizo, con letras, con nuestras cartas, con las mías las que no lees y con las tuyas, las que escribes con el corazón.
Hoy voy a ir un poco más allá, al escribirte, de cualquier modo, me sirve de terapia. Terminaré y la guardaré en el cajón de mi escritorio, iré a tu habitación y con cariño te despertaré, diez años a tu cuidado, sintiendo el paso del tiempo en mi piel y viendo la tuya envejecer sin que tú lo aprecies.
Es una crueldad, pero nuestro deseo era este, vivir siempre juntos, que ninguno se fuese antes, que ni tú ni yo fuésemos el primero y así está siendo.
Hay que ir con tacto a la hora de pedir, ya que los deseos suelen cumplirse de un modo u otro, para bien y también para mal.
Aunque para ti no tiene nada de malo, pues puedes catalogar cualquier momento en otro espacio tiempo. Sentir frío cuando el día es caluroso y sudar en ese instante en el que los cristales se empañan por el contraste de la temperatura de fuera a dentro.
Pero lo que me gusta, lo que me hace enloquecer de amor, es el momento en el que una vez aseado, sales directo al salón, te calzas tus lentes, y abriendo con elegancia tu cuaderno comienzas a escribir. Incluso antes que desayunar, la musa que sigue viva en ti, te inspira como antaño y dedicado a mí como siempre, me escribes.
Ella no olvidó, te ha sido fiel, bendita la mente que con misterio aún te pertenece, por cuánto tiempo, hasta cuándo…
P. D:
Me miras, sonríes, tendiendo la mano, me lo muestras…
Hoy como cada día leo, te miro, dos lágrimas se deslizan por mi rostro…
Creo que nuestro deseo se cumple, está cerca, muy cerca…
Comienzo a imitar tu patrón, pronto será posible estar juntos, espérame, te quiero.
Tu amor

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SERENA

SERENA

SERENA
Todo comenzaba igual que muchas historias de misterio…
Serena se levantaba del descanso nocturno, un día gris había amanecido y la ya no tan joven mujer, quería dar luz a sus momentos, que no todo fuese oscuridad en su historia ¿lo conseguiría? No dejéis de leer que ahora empieza el suspense.
Madrugada lluviosa, aún el sonido de las campanadas resonaba en sus oídos, las risas no cesaban, la ingesta de alcohol en ellos sobrepasaba los limites y la mala conducción de una pareja descontrolada hacía que sus instintos sexuales se desbordasen.
Pol metió su brazo entre las piernas de Serena quien al mismo tiempo intentaba besarlo. Sucediendo lo que nunca debió suceder, ella mareada perdió la distancia de la carretera y acercándose demasiado al precipicio, el automóvil se precipitó al vacío de aquella montaña.
El silencio era aterrador todos la miraban hasta que Pol, él aún no había dicho su nombre, la besó apasionadamente cubriendo su cuerpo.
¡Ya es tuya! Gritó uno de los asistentes a la fiesta.
¡Déjame respirar! Le intentó advertir ella, pero él cargando con su cuerpo la subió a su habitación.
Aquella curva peligrosa y su mala actuación en la carretera los escondían entre los matorrales, una zona solitaria los escondía de la realidad en aquel hotelito de montaña, donde los dos fueron por libre a festejar el fin y comienzo de año.
La tragedia muda como sus víctimas presagiaba no tener salvación, nadie los veía ni nadie podía escuchar su silencio. La causa fue un instante feliz por lo que el accidente no causó estruendo, ni fuego, ni dolor, poco a poco resbalaban sus restos al punto más bajo de aquel barranco.
Pero la vida no había sucumbido a la catástrofe, uno de ellos abrió los ojos, viendo las nubes tan cerca que hasta veía salir de ellas las gotas de lluvia…
Arrastró su cuerpo entre la maleza, zarzas hirientes destrozaron sus ropas haciendo sangrar sus extremidades. Haciéndole pensar que allí sí que encontraría la muerte…
La vida de un superviviente en aquellas condiciones no debe de ser fácil y de hecho no lo fue.
Dejando a la otra víctima en el lugar de los hechos, volvió a la fiesta, se dejó ver, no comentó nada del accidente, culpando a sus heridas de la bebida y a un mal tropezón dado en los aledaños del jardín del recinto.
Los años habían pasado, nunca la persona superviviente escuchó noticia alguna respecto del accidente y es de suponer que no intentó preguntar cuáles fueron las causas, dejando caer un tupido velo al que podía haber sido también el motivo de su muerte.
Serena había tomado fuerzas con el desayuno, no conducía desde hacía mucho tiempo, así que comenzó a andar, le esperaba un largo paseo hasta llegar a la urbanización, el hogar predestinado para médicos, arquitectos y algún que otro artista del mundo musical.
Aún era una incógnita que la dejasen acceder, pero sabía bien el nombre y apellidos del cirujano al que iba a visitar… Doctor Goguet.
Tenía qué… Nada había sido igual desde entonces, dejó de quererse, quiso haber muerto, pero fue muy cobarde. Arropada por su familia, Serena pasó varias veces por el quirófano, pero, como ella misma sabía, nada fue igual, nada sería nunca igual…
Un coche de jardín la paseó por la urbe privada, acercándose despacio a la terraza donde el médico tomaba una taza de café.
Asomado al mirador la llamó…
¡Serena, qué gusto verte! ¿Cómo estás? ¡Cuánto tiempo!
Mientras Serena, articulaba su mano ortopédica para aflojar la prótesis en sus piernas y ponerse, sin ayuda del doctor, de pie…
¡Déjame que te ayude! Le dijo ya estando a su lado.
Fue entonces cuando Serena le miró a los ojos y le dijo: No hace falta, ya han pasado muchos años, y estoy acostumbrada a ellas…
Pero después de todo lo que has hecho por mí no tengo mas remedio que agradecerte tu interés…
A pesar de qué… Podrías haber actuado de ese modo y no haberme dejado abandonada… Pol.

©Adelina GN

LA HABITACIÓN DE ARRIBA

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Querido diario:
Son muchos los días, y alguna que otra noche que escribo en tus páginas. Ellas han recogido siempre mis dudas, mis enfados y todo lo vivido alegremente.

Cuando crecí y llegué a una cierta edad en la que ya entendía lo que me decían. Mi madre, recuerdo que me sentó en una silla, donde me colgaban las piernas, era una niña, pero parecía que ya debía de saber ciertos aspectos de comportaniento.
Aquel día pregunté…
¿Y no debo de entrar?
¡Nunca! Me contestaban rotundamente.
Se sabe que cuando te prohíben algo, es lo que más ganas tienes de hacer.

Pienso en aquellos momentos y apoyando mi mano en la barbilla, modo pensador, sonrío, ya que a pesar de las advertencias de mi madre, subí muchas veces hasta a aquel descansillo.
Desde allí escuchaba pisadas, cada año eran menos sonoras, no tenían nada que ver a las carreras que oía cuando era una niña.
Las noches las recuerdo muy tristes, mi mamá siempre me dejaba para la última, primero daba las buenas noches a mi hermano pequeño y luego se acercaba a mi habitación, me subía las sábanas y me besaba pidiéndome que yo lo hiciese dos veces en su frente. Era entonces cuando se llevaba parte de mi ropa, y me decía que era para lavar.

Nunca tuve intención de desobedecer, pero muchas fueron las veces que me arriesgué y llegué hasta la puerta, ésto nunca lo conté, ni lo escribí en estas hojas que consolaban mis nervios, cuando pegaba el oido y escuchaba aquel respirar tan agitado como el mío.

Sin duda a llegado el día o mejor dicho la noche, ya que mañana descubriré el secreto de que es lo que se esconde trás la puerta de la habitación de arriba.
Y para que quede costancia de lo vivido, lo escribiré como lo he hecho hasta ahora, en este mi diario.

Querido diario:
Eres mi fiel testigo de las confidencias que no puedo contar.
Gracias por escuchar siempre a mi corazón.
Atento a mis dudas, guardián de tantos secretos.
Hoy te quiero confesar aquello que nadie jamás quiso que supiera.
Quizás por evitarme sufrimientos, por ese motivo no guardo rencor, a partir de ahora tendrán mi ayuda, nunca volveré desde aquellos escalones, atrás, porque la actitud es adelante y sin bajar la cara.
Pensando en que si me veían allí y tan decicida iban a amonestar mi curiosidad.

Subí aquellos escalones, mi hermano prefirió quedar medio escondido, no le entusiasmaba mucho ser mi cómplice, pero para mí ya había llegado el momento de saber.
En el descansillo me detuve como siempre hacía, pero con la idea fija de continuar.
Puse mi mano en el pomo de la puerta y me acerqué a ver si escuchaba algo, pero el silencioso momento, paralizó mi acción de abrirla y aceleraba mi corazón.
Como no tenía mucho tiempo, pues mis padres volverían y me encontrarían allí, me armé de valor, que era bien poco, y empujé la puerta después de mover mi mano para abrirla.

Creí que me caía, la persona que había usado mi ropa se encontraba allí delante de mí.
Una mujer tullida me miraba con ojos de dolor, sus pies no acertaban bien para avanzar y su boca babeaba.
Era como mirarme en un espejo maldito, era mi viva estampa, idéntico rostro ambos, diferenciados solamente por aquellos defectos.

Querido diario:
No puedo permitir que mi hermana esté en soledad por más tiempo.
Mañana hablaré con mamá y le diré que permita que mi gemela viva con nosotros.
Hay que avergonzarse de la malas acciones, no de la vida por defectuosa que sea.
No hay mayor defecto que la falta de empatía con los más débiles.

©Adelina GN

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TU CORAZÓN ESTÁ CONMIGO

TU CORAZÓN ESTÁ CONMIGO

Comenzaba a clarear en aquel mi nuevo hogar. Los rayos del tímido sol entraban a la habitación de puntillas indicando que un nuevo día llenaría mi vida. No podía dormir, toda la noche la pasé recordando, para qué quería dormir, si mi descanso pronto sería eterno. Abrí entonces los ojos y cerré la caja de música que apaciguaba mi falta de sueño.
Me preparé el escritorio, la Sra. Pura que compartía conmigo la habitación dormía todavía, escribiría un poco hasta que llegase el enfermero.
Gran joven Arturo, muy dedicado a nosotras en aquella y organizada institución tan avanzada en los cuidados de los mayores. Adultos de avanzada edad que por suerte habían sido declarados consejeros de la humanidad gracias a su experiencia.
Estaba muy ilusionada, mi cumpleaños sería pronto, casi un siglo y gracias a Dios, mi cabeza no me había abandonado. Quien sí lo había hecho eran mis manos y mis pies, mis ojos y mi boca. Aún valiéndome y estando en unas facultades envidiables, me seguía haciendo falta.
Cinco años mi amor hacía que me dijo adiós, pensé que no debía penar, la vida me había enseñado mucho y aunque en la lejanía, mi familia estaba, y era algo muy importante para mí. Sentir que estaban bien eclipsaba cualquier duda para estar infeliz.
Por un momento los recuerdos envolvieron aquella habitación, y lo volví a ver, se acercaba a mí y me tomaba de las manos, arrodillándose y pidiéndome que me casará con él igual que hizo años atrás.
Aquella boda fue sonada le dije a mi recuerdo, sonreí y me puse a escribir. Luego hay gente que no cree en el amor, ni en el destino, siendo que este lo labramos nosotros mismos. Cuando una pareja se da el “sí quiero” después de una convivencia larga y la vida le da salud para celebrar 25 años de casados más, es sin duda un privilegio para el corazón incluso para la mente. Hacerte participe de multitud de acontecimientos que no todos tienen la suerte de conocer y vivir en plenitud.
Recorrí de una pasada aquella etapa de mi vida, sin olvidar las anteriores, que estaban llenas de tropezones, caídas y vuelta a levantarnos. Unos años duros que ahora ya eran ausencia al igual que lo era el hombre que moldeó mi existencia.
La alegría asomaba a mi rostro casa vez que evocaba su recuerdo y es que ya se dice: Nunca muere lo que se quiere. Y yo seguía queriéndolo, sentía sus caricias, la insinuación con la que, y a pesar de mis arrugas me mostraba. Su corazón estaba conmigo, sus palabras siempre habían sido de esperanza. Me regalaba su optimismo, su vivir tranquilo y confiado desterrando toda pizca de desconfianza haciendo frente a las mías. Ahora lo sentía, me acompañaba en la recta final, un camino que haríamos juntos como siempre planeamos.
Cerré la innovadora herramienta que ahora utilizaba para escribir que nada más con el pensamiento y recreando la mirada en las instantáneas que guardaba en ella. Lo que recordaba se iba escribiendo allí para posibles lectores de mi testimonio póstumo.
Las décadas se sumaban a todo, y en el 2059 el año en que nos encontrábamos y cerca de celebrar mi centenario, esta novedad no era la única en nuestras vidas. Gozábamos de grandes avances tanto tecnológicos, como para la salud, comidas que con un poco de ondas se convertían en magníficos manjares, androides que limpiaban, y órdenes autómatas para mil funciones. Con todo eso y gracias a que también las personas aprendimos hábitos más saludables de vida, la longevidad estaba presente entre todos nosotros.
Pero mi amor no estaba conmigo ese año para mi cumpleaños, ni tampoco lo estuvo años anteriores. Cada uno de ellos había tenido un regalo que él dejó dicho que se me regalaste. Ahora, ninguno fue tan apreciado para mí como el primero después de su muerte.
Pura había despertado y Arturo entraba en la habitación, acerté al dejar de escribir, pensé, mientras, el joven asistente me daba las gracias por haberle facilitado el trabajo. Me ayudó F_id le dije, mi asistente robotizado.
Él me acompañaba a pasear, en todo lo que yo quería realizar sola, como entonces que le pedí salir al patio y disfrutar de aquel sol de primeros de enero. “A b r i. g a. t e. mi. vi. da” con aquellas palabras entrecortadas me lo pedía, tomé mi toca y la caja de música, y salimos de allí.
F_id y yo, nos perdimos entre los árboles, nuestro amor estaba rodeado de naturaleza, ahora solo faltaba escuchar su corazón, sentir el sonido de su inmenso amor hacia mí.
Abrí la caja de música y sonó para los dos, aquel regalo no sería igualado, además no quería que me obsequiaran con ningún otro. Quería dejar de cumplir años, quería estar con él ya hasta la eternidad.
La música de aquel cofre me regalaba cada vez que quería, el latido de su corazón, el que la ciencia había conservado y que me fue entregado meses después de que dejase de latir. Hasta ese punto todo había cambiado en mi vida, todo menos nuestro amor.
Me acerqué a F_id y le besé en su frío rostro metálico, mientras las flores eran testigo de sus cálidos latidos, cálidos latidos de un corazón todavía enamorado de mí.

©Adelina GN

 

LA GATA

Había amanecido y Laly veía reflejado el espléndido sol en su ventana. Un maravilloso día le esperaba allí fuera, los gritos de su madre la apartaron de su sueño y recogiendo hacia arriba sus faldas, bajaba los peldaños de la escalera de dos en dos.

Vivía muy feliz con sus padres, pero su ilusión era volar libre, quería partir, ser independiente fuera del dominio de ellos, pero para eso hay que saber y ella no sabía, era lo que siempre le decía su madre.
Era hermosa, todos, podía decir ella que así la veian.
Joven, buena figura y un conocimiento extraordinario para aprender.
Aunque en el pueblo antes que estudiosa veían mejor que una muchacha se uniese en matrimonio y formase una gran familia, haciendo feliz así a su marido.
Eso fue lo que su madre quería comunicarle aquella mañana cuando, le decía que ojalá fuese con aquella cita que le había preparado, cuándo se comprometiese de una vez por todas.
Ella se negaba, Laly no quería ser una ama de casa, ni una mujer sumisa, así que después de una discusión con su madre subió de nuevo a la habitación y espero a que oscureciese para escaparse.

Sin ofició ni beneficio se embarcó en una aventura difícil de superar sin ayuda, pero su ambición iba a más, llegando a una ciudad que la aceptó sin preguntas.
Cambió de aspecto, cortó su larga melena, sus vestidos no eran largos y anchos como los que llevaba en el pueblo, éstos se ceñian a su cuerpo, dejándo ver esa expectacular forma de sus curvas que exhibía sin pudor en aquel antro que le daba una habitación para descansar, después de que allí mismo  realizara su trabajo. Lo que no cambió Laly  fue su nombre, bueno sí, todos la llamaban la gata.
Aquel calificativo no fue tomado a la ligera por sus amistades, sobre todo por los hombres, que comentaban entre ellos sus juegos felinos. Para las mujeres del barrio el apodo se lo llevaba despectivamente y con la mayor crueldad con la que una mujer puede llamar a otra, gata.
La vida que llevaba Laly, no estaba siendo fácil, pero después de no hacer caso de las advertencias, era la que ella se había buscado. Una noche en un descanso de su trabajo en el que era muy demandada, la gata salió a tomar el aire, aprovechando el momento comió un poco y se fumó un cigarrillo.
Mientras con la punta del pie lo apagaba, con mucho glamur, dos gatitos se le acercaron para comerse sus migajas.
Aquella fue la primera noche que de verdad Laly se sintió acompañada, muchas de aquellas en las que había actuado igual, lo único que recibía por parte de algún desalmado era una pedrada de lejos o el robo de las pocas monedas que su labor le dejaba.

Los años fueron pasando para Laly, que vio como sucedió su declive fisico, su pelo crecía pero ya no era tan negro, sus curvas aumentaban de volúmen y en su hermosa cara se iban apreciando las inminentes secuelas del tiempo.
Cada vez eran menos las veces que en la noche descansaba, pues su trabajo era menos requerido, al contrario que pasaba con sus amigos los felinos, que durante tanto tiempo se habían convertido en una pequeña manada.

Esa tarde le dio por pensar, Laly se preguntaba que sería de su vida si aquel día hubiese aceptado la cita que su madre le había preparado.
Si no hubiese huido de aquel modo, ahora sería tal vez la viuda de algún acaudalado del pueblo.
Cuando de pronto alguien la despertó de aquel soñador pensar cuando escuchó decir su nombre…
¡Mira abuelo cuantos gatitos!
¡Quiero uno abuelo!
No cariño esos animalitos pertenecen a la gata, son su única compañía.
Le decía el abuelo a su nieta, mientras señalaba a la anciana que se encontraba sentada en el banco, echándole unas migajas de pan a los  únicos amigos que ahora tenía.

©Adelina GN

AUSENCIAS

Siempre me había gustado pasear por el bosque.
Desde muy pequeña me atraparon sus leyendas, aquellas que contaban los ancianos del pueblo, creando una prohibición para que tuviésemos temor a adentrarnos en sus caminos.
Encontraba en aquel lugar mucha magia, sus llanuras, sus árboles cómo personas herguidas con sus ramas altas, que similar a las extremidades del ser humano se alzan.
Sus colores verdes y marrones con esa claridad fosca erizaba la piel, cuando con miedo por allí se caminaba.

Ya de mayor seguía con mi afición al senderismo por aquellos lares mágicos y de ensueño.
Esa tarde descubriría un secreto guardado fielmente, por los lugareños.
Estaba cansada y había oscurecido, me senté en uno de aquellos árboles centenarios.
La hojarasca se pegaba a mí cómo si tuviese imán y recostando mi espalda al tronco escuché unas voces que murmuraban.
Por momentos vino a mi mente aquella trágica historia que escuché contar a mis abuelos.
Los dos coincidían en que los cuatro vecinos del pueblo habían desaparecido.
En tiempos de guerra era posible tachar a los jovenes de desertores. Aunque un gran mutismo estaba siempre entorno a esa tertulia entre los ancianos.
Paseaba por allí a menudo y nunca había visto aquel lugar tan misterioso.
No sé el motivo, pero aquel día alguien me siguió, cuando me levanté para rodear el árbol, pusieron en mi hombro una mano, diciendome muy bajo que no me asustase.
Juntos nos acercamos por un lado y cuál fue, en principio mi asombro, al ver a los cuatro andrajosos, allí apoyados en sus bastones.
Quien no se inmutó fue el investigador que llevaba mucho tiempo sospechando que aquellos jovenes no habían desaparecido.
Y gracias a mí y a mi descanso improvisado había dejado resuelta la leyenda.
Encontrando la morada de los desertores, durante muchos años, en el árbol hueco del bosque que a mí me parecía tan mágico y la verdad que no era para menos.

©Adelina GN