“Construyendo Cultura en Salud Mental”

II Concurso de relatos cortos sobre salud mental (No premiado)

INMACULADA DECISIÓN

Cada vez que alguien me hacía la repetitiva reflexión, sacudía la cabeza mientras me llenaba de ira hacia la persona y su buena intención.

Mi salud mental era una enfermedad, que yo creía que no se veía, se escondía detrás de mí, enseñando mi genio y tapando con un velo de silencio un necesario ingreso.

Estaba muy equivocada, pero a ver quién era él o la, que me hacía comprender. Para mí, todo se centraba en la locura, la depresión la trataba el psiquiatra y el lugar donde te iban a llevar era el psiquiátrico.

Fueron muchas veces las que intentaron internarme, no creía que aquella tarde cuando me estaba duchando los hechos que ocurrirían me harían tomar una decisión. Después de haber pasado todos aquellos años un calvario de temor y pánico, cada vez que escuchaba: tienes que ir a ver a un profesional,  desterrada al ser que osaba revocar el concepto que yo tenía del sitio.

Sequé mi cuerpo, la suave toalla lo rozaba, el rizo paseaba por él a su antojo, pero a pesar de ser algo agradable a cualquiera, no sé el motivo, pero a mí me estaba agobiando. Sin perder de vista la tijera que estaba en la repisa del espejo, mientras me veía en él desnuda, la cogí, acercando lentamente la punta al cuello, pensando que la mullida toalla empaparía la hemorragia de sangre que tendría al seccionar la yugular.

No me podía quitar aquellos pensamientos de mi mente, era una mujer joven, pero estaba enferma, nadie en su sano juicio hace de una escena agradable un cruel escenario.

Volví en mí y lloré, derramé lágrimas, penando por una mala conciencia y me susurré a mis adentros. Yo era entonces mi mayor crítica, mi juez de lo criminal, mi verdugo, porque en aquel momento me quería tanto, que me sometía a un juicio sumarísimo sobre mí misma.

Yo no estaba loca, estaba enferma, la salud mental me estaba matando, su deterioro iba en aumento y yo no quería verlo. Por lo que opté por enjuiciar mi conducta, me pregunté y las respuestas no fueron buenas, me traicionaban, no podía seguir de aquel modo, ahora es cuando necesitaba de la ayuda de un profesional.

Averigüe números de teléfono, direcciones de consultas, nombres, y unos días después, allí me encontraba…

Decidí ir sola, me encontraba fuerte, exculpada con la confesión al psicólogo, sin depresión alguna, inicié ese paseo hacia mi libertad, a la liberación de mi depresión y tristeza.

Dentro de un jardín frondoso se levantaba un edificio blanco e inmaculado, una cárcel que yo había decidido para mi libertad, un paraíso para morir y resucitar sanada.

Los seres de blanco me dieron la mano, invitándonos a entrar me preguntaron el nombre, contesté con miedo, y mentí, no quería que nada de lo que llevaba conmigo pudiese sobrevivir. Mi mente enferma quedaría allí para siempre, Irene, la mujer que intentó tantas veces lesionar su vida no saldría de allí con ella, gracias a la ayuda recibida.

Adelina Gimeno Navarro

RELATIVO AL AMOR

RELATIVO AL AMOR

RELATIVO AL AMOR

Desde allí dentro parecía un lugar acogedor, la zona encharcada era obvio que estuviese así, encharcada, puesto que las lluvias primaverales en esa época, ese año se habían alargado en el tiempo.

Irene, llegaba a su destino, un maravilloso paraje y unos no menos maravillosos días la esperaban, todo se suavizaría, se tenía que suavizar.

Anduvo hacia la recepción de aquel bosque materializado de urbanismo que  adaptado y con un aspecto moderno, mostraba sus comodidades en carteles anunciadores, mezclándose estos con la predispuesta y enfocada naturaleza. La que aliviaría todo trauma acumulado, fuera cual fuera la causa o aquello es lo que se anunciaba en el folleto que llegó a sus manos hacía ya un mes.

En el sorteo del barrizal, mientras caminaba y para no meterse de lleno en él, Irene dejó que le tocase a Marc, mientras este estaba pendiente de la avioneta que surcaba el cielo, haciendo publicidad aérea de El Parque Monkey.

Ahora os hablaré un poco de los dos, estos jóvenes que se van a acomodar por un periodo ilimitado, en el caso de Irene, en aquellas cabañas en plena naturaleza. Marc, regresará algo más pronto, pero él lo sabe, lo único que le preocupa ahora es la joven, además del traumatismo de su tobillo, es que en tan poco tiempo ha simpatizado ya con Irene, una joven veterinaria que sufre del abandono repentino de su pareja a pocos meses de una boda que no llegó a realizarse. Dos dolencias distintas aunque relativamente parecidas en su tratamiento, las dos necesitaban de relajación y tranquilidad, una física y otra mental, pero sin duda las dos se verían solucionadas emocionalmente.

Era el 48 de la fila, ella lo sabía, arrastrando su maleta se encaminó hacia la cabaña con ese número, la cual le habían indicado previamente. Dejando a Marc, que se ubicase en la que le había tocado a él y que quedaba justo frente a la suya.

Era un lugar de ensueño, para una fanática de los animales, dedicada desde siempre a favorecer a los más necesitados; Irene disfrutaría y le vendría muy bien estar rodeada de aquellos primates que como allí se encontraban libremente en sus casas centrales para guardar a los clientes.

Amanecía, el chaparrón ya había amainado y tímidamente aparecía el sol para hacer referencia al famoso refrán, que a ella le disgustaba tanto escuchar… No hay sábado sin sol, ni doncella sin amor…

El porche aún goteaba, pero Irene se estiraba respirando la suave brisa de una borrasca que desaparecía, de momento.

Bajó los brazos tomando el movimiento más usual entre las personas, dejar los miembros relajados mientras los movemos.

Alguien la miraba, imitando su movimiento, adoptando su actitud, Piero se unía al que llegó a ser un baile improvisado.

Lo invitó a entrar, era algo permitido por la dirección del complejo, y así lo hizo, se cogió de la baranda y elegantemente saltó, siendo saludado por Irene, que se presentó amigablemente, leyendo en la credencial que llevaba al cuello el nombre de Piero.

Mientras tanto, Marc, observaba la escena, no debía de preocuparse, decía riendo, regresando dentro y dejando vacío aquel otro porche en el que se volvía a escuchar caer la lluvia.

Aquel desayuno parecía que no terminaba, y Marc llamó a Irene, desde la mitad de la calle. Gritó su nombre, mientras la citaba en la zona del deporte de riesgo, la esperaría justo en la tirolina.

Irene levantó su mano, añadiendo a la afirmación a Marc, un saludo de entendimiento, que Piero imitó. Ya se lo había advertido, le decía a Piero, le daba miedo esa clase de actividad, pero claro, entraba en la lista de las tareas para aquellos días y habría que hacerlo.

Piero, mientras ella le hablaba la miraba a los ojos, era lógico que la entendía, se dio cuenta mientras le acariciaba la mano y él le ponía morritos de comprensión.

Era la hora, Irene, salió llevando de la mano a Piero, que ya no sé apartaría de ella de ninguna de las maneras, ni tan siquiera cuando en ese instante, del salto, el monitor le advertía que era ella la única que saltaría. Dejando a un lado las advertencias del instructor, se colgó y se tiró detrás de ella custodiando su caída.

El amor había nacido entre ellos, los necesitados, a Piero se le había muerto su pareja hacia tan solo unos meses, pero ella no era para él, ni viceversa.

Marc, llevaba los resultados médicos, sus días de permanencia allí terminaban entonces, abandonaría el lugar, pero antes bromeaba con Irene, respecto a Piero, mientras acudieron a la piscina para unos baños terapéuticos, antes de que él se fuese.

El jacuzzi era el único lugar al cual no dejaban entrar a Piero, de todos los espacios cerrados, ese, era en el que le prohibían la entrada. Una lástima, pensaba Irene, sabía comportarse, era educado, pero su instinto natural le condicionaba y como en otras ocasiones al ver a otras personas su actitud no era la adecuada y se ofendían al ver cómo se tocaba.

Aquella tarde sucedería lo que se estaban temiendo desde que Irene, llegó al complejo turístico y conoció a Piero. Su relación se había estrechado y ninguno de los dos planteaba su vida sin el otro.

Era cierto que el sistema nervioso de Irene, había mejorado bastante, la convivencia con Piero, era lo que más efecto le causó.

Sus juegos manuales, y de coordinación le demostraban que podía volver a su trabajo en la ciudad.

Había sido una experiencia muy positiva, no tenía duda de que lo recomendaría, el parque Monkey no quedaría desierto de halagos por su parte.

Le avisó, me voy ya, le dijo, se acabó, la vida tiene una normalidad, le repetía mientras sus manos entrelazadas se negaban a soltarse. Piero, paseaba su dedo índice, la señalaba a ella, luego se señalaba él y por último sus manos unidas. Irene asentía con la cabeza y repetía la acción, negando al momento lo que estaba haciendo e intentando soltarse lo miraba fijamente a los ojos.

Las horas previas a una despedida siempre son dolorosas, por eso la dirección empresarial que gestionaba el tratamiento en aquel entorno natural, organizaba una cena de bienvenida y despedida que suavizaba ambas cosas.

El salón engalanado para la fiesta estaba preparado, todos acudían al encuentro con los novatos con sus mejores galas, y las más cómodas.

 Aquel era un lugar para la comodidad y todos lo sabían, los únicos que lo ignoraban eran los nuevos que igual que le pasó a Irene, muy pronto se darían cuenta.

Tres meses después…

El autobús aparcaba cerca de recepción, sus ocupantes bajaban en orden inspeccionando, admirados del lugar, en el mostrador eran provistos de una llave y unas instrucciones de dónde debían ir.

Un joven con una ligera cojera le ofreció su ayuda a una joven a la que le habían designado la cabaña de enfrente a la suya y al que el recepcionista parecía conocer al llamarlo por su nombre, Marc, le dijo.

María, despertaba muy cansada, el viaje había sido muy pesado, demasiadas horas de carretera, pero el lugar merecía la pena.

Después de que su pareja desapareciese tan solo dos días antes de la boda, ella había caído en una depresión que la estaba matando.

Por casualidad un día llegó a sus manos un catálogo de información de aquel lugar paradisíaco, El Parque Monkey…

El chimpancé adjudicado para la compañía de María, estaba esperando allí mismo, hasta que ella le hiciese pasar y queréis saber una cosa… Aquella sería la solución, lo que ella precisaba para sus problemas. Miró el papel y comprobó que el nombre coincidía con el que había en su identificación, Piero.

Lo llamó y él saltó delante de ella, reconociendo su nombre en la voz de María, la que se acercó y le dio un plátano para familiarizar. Entonces el muy avispado Piero, olisqueó su cuello sabiendo en cada momento lo que hacer para ganarse la confianza de María, igual que en su día le pasó a Irene.

Y desde aquí ya sabéis la historia, sabéis que María, se enamorará, que sentirá una atracción animal por la especie en aquel ejercicio relativo al amor.

Pero con qué finalidad, que mente privilegiada, manejaba la de las personas  que mostraban una desilusión por abandono.

La especie humana desarrolla el cariño y lo adjudica por necesidad, después muere por amor, por la compañía que su corazón visceral necesita.

En aquel lugar donde la naturaleza era disfrutada durante tres meses, se acondicionaba a los pacientes a enamorarse de su medicación, del tratamiento que les iba a dar la solución para salvar su estado de ánimo y por consecuencia, su vida.

Piero, se convertiría en su apoyo moral, ella le daría cariño y él se lo devolvería con creces. En una palabra se enamoraría de él, le debería mucho, tanto que cuando llegase el momento de abandonar el lugar le costaría la misma vida.

Todo cambiaría en la cena de despedida y bienvenida, ya lo sabemos, pero qué es lo que ocurre en esa velada, qué pacto de silencio se soborna para que de allí no salga el experimento secreto que llevan a cabo.

Y mientras todas esas incógnitas nos hacen seguir pensando, en la ciudad una cambiada y feliz Irene, pasea de la mano con Piero, mientras alguien le hace esta pregunta…

-¿Irene, cómo te encuentras?

Adelina Gimeno Navarro

LA SIMIENTE BLANCA/Relato

LA SIMIENTE BLANCA/Relato

LA SIMIENTE BLANCA

Siempre sudaba al llegar el momento, el instante en el que les extraía el que era más difícil de sacar…

Mamen, paseaba con Lucas, por el parque, la noche estaba cerrada, no había luz de luna, ni de farola. Los chavales se encargaban de ello durante el día, convencida de ello estaba, por lo que encendió la linterna.

En aquel momento escuchó el sonido de la hojarasca al pisarse, llamó a Lucas con su silbido, pero sin repetir al verlo frente a ella aliviando su necesidad con la pata levantada.

De nuevo volvía a escuchar aquel sonido que la enervaba, al venir a su cabeza esas películas en las que detrás de esas pisadas se encuentra el asesino…

Tomó al chucho en brazos y retrocedió camino a casa, sentía miedo, se encontraba insegura, tenía un presentimiento. Las noticias en televisión la habían ayudado a que fuese así, al escuchar, que no muy lejos de allí se encontró un cadáver.

Lucas saltó de sus brazos, escondiéndose otra vez en los arbustos, Mamen le llamaba con insistencia, pero el can, ni se escuchaba.

Asustada entró en el callejón, no sabía cómo, pero algo la estaba atrapando, sin duda la curiosidad causa más efecto que el miedo.

Ni un ápice de luz había, las humedades olían a podredumbre, y por consecuencia la arcada fue inevitable. Metiendo de lleno uno de sus pies en algo blando y pastoso. Quiso salir de allí corriendo, pero el miedo a resbalarse la hicieron volverse despacio… Eso, y que sentía que algo estaba detrás de ella.

Al darse la vuelta, la linterna cayó de sus manos, quedándose la luz parpadeando y enfocando al rostro infernal. A su vez gritó con desespero, pero la mano enfundada en un guante negro y agrietado, le taparon la boca.

La extraña persona sacó a Mamen, de espaldas, y arrastrando su cuerpo desfallecido; la había sedado. Miró a su alrededor y la dejó caer en un banco situado en la más extrema oscuridad, allí donde ni la luz de las estrellas alumbraban.

Habían pasado un par de horas y un asustado Lucas, lamía la mano de su dueña. Después de su inconsciencia transitoria, Mamen despertaba, continuando su chillido de espanto, al ver su mano mutilada.

El desconcierto siguió con los ladridos, el perro alertaba con ellos mirando fijo a las ventanas de su alrededor. Haciendo que los trasnochadores respondiesen bajando a ver lo que ocurría.

Al momento una decena de personas rodeaban a la mujer que parecía había perdido mucha sangre, la muestra era evidente por el rastro que dejó desde un banco a otro al que se arrastró, para volverse a desmayar en ese instante.

Haciéndose paso entre la gente, alguien avanzaba cargando un maletín y pidiendo permiso, presentándose con estas palabras: -¡Me permiten! -soy médico…

Igual que la gota de aceite en el agua, la muchedumbre se apartó de Mamen, que yacía casi sin vida, en aquel rincón del parque.

La doctora tuvo que escuchar barbaridades sobre su actitud ante el accidente, si en realidad había sido un penoso accidente. Desde que no sabía lo que hacía y qué de dónde había salido la matasanos, hasta qué dónde se había sacado el título en medicina, que le daba el derecho de dejar morir a la mujer.

En ningún momento hizo la intención de llamar a una ambulancia, es más cuando vio que la cosa se puso fea, dejó el panorama de intento de asesinato y se largó del lugar.

Después de unos meses de recuperación, Mamen volvió a retomar su trabajo, había aprendido de nuevo a usar su mano izquierda, un muñón sin dedos que le quedó de aquella agresión sarcástica, la que sufrió a manos de quién todavía ocultaba su identidad, y seguía dejando rastro de víctimas con miembros amputados, a las que en el mejor de los casos dejaba con vida como fue el caso de Mamen.

El gran apoyo de sus compañeros, le valió de ayuda y así le harían su trabajo durante unos días, regalándole de aquel modo unas cortas vacaciones que coincidían con toda seguridad con un puente en la cercana Navidad.

Había quedado algo depresiva y por eso su amigo Víctor, la acompañaría, iría con ella, le daría custodia y la cuidaría.

No muy lejos de allí en el campo, una casa rural se encargaría de hacer las veces de clínica para el relax. En aquella situación Víctor, sentía que su deber era aquel, y la relajación sería completa. Tendría la oportunidad para llevar a cabo, lo que en otra ocasión fue algo que resultó fallido.

Aquel su primer paseo por la montaña iba a demostrar a Mamen, que todo en la vida puede ser motivo de suerte y de ocasiones anteriores dónde todo puede ser diferente.

Las lluvias aparecieron por simpatía, de una mañana soleada todo pasó a ser un caos tormentoso. Se tuvieron que refugiar en el puente que cruzaba la montaña, el viejo cauce dejó de llevar agua hacía ya mucho tiempo, por lo que estaba lleno de hierbas y maleza.

Mamen, se detuvo, no entraba, tenía miedo, o más bien pavor, se le representó el callejón oscuro y tenebroso, donde fue agredida.

Víctor jaló de ella con fuerza, enfadado por ver como se estaba mojando y no reaccionaba. Con aquel movimiento brusco le arañó la mano mutilada, Mamen,  lo miraba con rabia mientras por su rostro resbalaba el exceso de agua que le había caído encima.

Víctor le pidió perdón, cogió su mano y la limpió con un pañuelo, volviendo a mirarla a los ojos y preguntándose dónde le pondría el anillo de pedida, cuando le pidiese matrimonio.

Desde allí mismo se percataron de que una granja se divisaba, aprovechando que la lluvia había parado salieron caminando hacia ella. Aquel trayecto aunque corto, le dio la oportunidad a Víctor, para declararse a Mamen…

-No puedo comprometerme contigo, no tengo dedo donde poner el anillo.

-No digas tonterías, te lo pondré en la otra, eso, no es excusa -Le dijo él mientras tanto ella le decía…

-Crees qué no me di cuenta, que lo pensaste al coger antes mi mano.

-No me debes pedir nada, Víctor, al perder aquel día el que llevaba puesto, perdí el amor para siempre.

Víctor le pasó el brazo por la espalda, cobijando con aquella acción sus sentimientos hacia ella, pensando que el tiempo lo arreglaría todo.

Al llegar a la cerca de la entrada de aquella pequeña granja, vieron un precioso campo. Llamaron con insistencia, la lluvia aparecía de nuevo y no querían volver a mojarse, así que gritaron varias veces y al ver que no salía nadie cruzaron la entrada.

El perro se les lanzaba ladrando, pero la cuerda no le dejaba acercarse del todo, entonces Víctor, golpeó fuerte la puerta y esta se abrió despacio, y sin problema.

-Pasen está abierto, no se queden ahí o se mojarán del todo.

-¡León, calla! -Gritó al can que la obedeció ipso facto.

La mujer les ofreció sentarse, al parecer estaba esperando visita pues la mesa que les separaba se encontraba dispuesta para la merienda.

La conversación en aquel primer cuarto de hora, se cernió en un solo tema; el huerto y sus verduras, el campo y su siembra, el aporte de nutrientes para que la cosecha creciese con todo lo suficiente, incluido el calcio que se necesita y que una mujer sola no puede aportar.

La mujer no dejaba de hablar, miraba a Víctor y sonreía, luego clavaba su mirada en Mamen, en su mano y en el arañazo al que en ese momento hizo referencia.

-Querida, hay que desinfectar esa herida o se te va a infectar…

Tomando la mano izquierda de Mamen, con su mano izquierda y dejando debajo de ella el anillo que llevaba puesto y que la joven reconoció como el que perdió aquella noche cuando le amputaron los dedos.

Las miradas de las mujeres se cruzaron, siendo a cual de las dos más intensa, mientras tanto la mujer le dijo a Víctor…

-Joven ¿me quieres acercar el maletín que tienes a tu lado?

-Soy médico.

En aquel instante volvió a mirar a Mamen, que dio un gran suspiro y se desmayó.

Adelina Gimeno Navarro

JUSTICIA ES MUJER

Relato presentado y rechazado. Comentario sobre el mismo al final de la entrada.

JUSTICIA ES MUJER

Era temprano, la poca claridad que veía por la ventana de aquella habitación lo predecía.

Irene se había citado allí en aquel hotel tan céntrico por miedo, no tenía ninguna confianza en él, pero su inestable situación, con un niño a su cargo la hizo acudir a la peligrosa cita con Luis.

Esperaba que cuando él saliese del baño le aclarase todo lo que habían hablado esa noche y que como siempre desembocó una pelea.

-Buenos días -le decía Irene, mientras seguía sentada en el sillón donde parecía había pasado toda la noche.

Al saludo de la mujer, él hizo oídos sordos o era que su educación no estaba ayudando demasiado a la armonía entre ambos.

Luis se había duchado y se empezaba a vestir sin mirar tan siquiera a Irene.

Encendió el televisor, prestando mucha atención a las noticias que daban en aquel momento.

Enfadada Irene, se puso delante y alzó la voz preguntando el motivo de su conducta. Viendo asustada que se levantaba e iba hacia ella, cuando en el mismo instante sonaba en el altavoz de la estación de tren la llegada del expreso.

Luis pasó por delante de ella ignorando su presencia, cerró la ventana y se sentó en la cama mientras subía el volumen.

Con más motivo Irene, lo recriminaba, preguntándole qué le pasaba y el motivo que tenía para hacer caso a la televisión y nada a ella.

En aquel momento daban una noticia, la locutora del noticiero comenzó a decir…

-Ha sido encontrado el cadáver de una mujer, en el complejo hotelero “La Estación” Mostrando signos de violencia, por lo que la policía deduce que se defendió en la pelea…

Ya no quiso escuchar más, se asomó al baño y vio la ropa ensangrentada dentro de una bolsa.

Luis seguía escuchando la televisión y fumando un cigarrillo que consumía en cada calada.

-Qué has hecho Luis, la has matado tú -él seguía sin mirarla…

En ese momento Irene, alargó el brazo y le puso la mano sobre el hombro. Lanzando un grito aterrador al ver que le faltaba una uña. Y Luis continuaba con su ignorancia hacia ella.

En la pantalla del receptor se mostraba en aquel momento la imagen de la mujer asesinada, en un faldón se leían las iniciales IGN y una fotografía del lugar donde se había encontrado el cuerpo sin vida.

Ella misma se daba cuenta de que no estaba allí, que la muerta era ella, pero…

Aquellos hoteles eran iguales, entre ellos no habría muchos sospechosos. Era un complejo en el que había cuatro edificios de pocas habitaciones, por lo que pensar algo para que Luis, no saliese victorioso de aquel asesinato, sería fácil.

Pero qué podría hacer, había visto que no podía tocar nada, ni tenía fuerza para abrir una puerta. Al darse cuenta de que estaba muerta, intentó sacudirle y fue imposible.

Luis se quedó dormido, Irene se recostó a su lado, intentaba pensar, ahora se daba cuenta de que lo único que quería era matarla y así lo hizo. Pero viéndolo ahora de espaldas veía que ella también le había dado su merecido.

Mientras tanto la forense que practicaba la autopsia a Irene, anotaba que al finado le faltaba una uña. Y también que entre las que aún tenía, había rastros de piel humana.

La piel fue analizada y contrastada con los datos informáticos de la policía, dando pistas para descubrir al asesino de la mujer del hotel.

Horas después Luis, se disponía a abandonar la habitación, de nuevo encendía la televisión que volvía a coincidir con el típico sonido de la estación de trenes que quedaba cerca.

Las noticias entonces hablaban del tiempo, llovía y hacía un temporal atípico de aquella estación del año.

Cerró la puerta dando un último vistazo a su entorno, no podía permitirse el lujo de dejar pistas, a pesar de que allí no cometió el crimen.

Bajó las escaleras que le separaban de recepción y acercándose despacio hasta el mostrador tocó el timbre. Alertando así a la joven que atendía allí como recepcionista.

Irene se encontraba allí sentada en el sofá negro que adornaba la estancia, nadie la veía, pero aquellos cojines blancos volvieron a su forma habitual cuando se levantó al ver entrar a la policía secreta.

Luis estaba todavía esperando e hizo el ademán de salir corriendo, pero no lo haría, esperó a que el agente le hiciese unas preguntas, las que negó radicalmente.

-Lo voy a detener por la muerte de la mujer encontrada ayer en los aledaños del hotel.

-Yo no he hecho nada, quiero un abogado, no pueden detenerme sin pruebas.

Aquella corta conversación entre los dos hombres sería breve, ya que la recepcionista salió de allí dentro y preguntó, mirando el libro de registro…

-¿Señor, la señorita se queda?

En ningún momento la joven había visto que su cliente iba a ser detenido, ni tampoco que estaba solo, pero por alguna extraña circunstancia, formuló la indiscreta pregunta.

Luis vio truncada su escapatoria del asesinato por celos que había cometido e hizo el intento de salir huyendo.

Otra vez estratégicamente la energía fantasmagórica de quien venía haciendo inútil, desde hacía un buen rato, la inocencia de Luis, obró una singular magia.

Dejando a Luis, tambaleando cuando el jarrón dio de lleno en su cabeza, cayendo de forma emblemática sobre su pecho las flores de color violeta que lo adornaban.

Todos los presentes se quedaron atónitos, era increíble lo que había pasado, nadie llegaba a entender como el adorno floral voló hasta la cabeza de Luis, impidiendo su huida.

“Una semana después”

Desde aquella mañana Luis, había permanecido preso, las investigaciones seguían, necesitaban esclarecer la causa de la muerte de Irene. Tratando de hacer lo propio, el inspector de policía pedía una nueva autopsia al cadáver, algo se les había pasado la primera vez. Consiguiendo aquello se sabría la verdad. Era algo que desde un principio pidió y ahora lo conseguía.

-Gracias por concederme la oportunidad -esa era la respuesta al interlocutor que estaba al otro lado del teléfono por parte del inspector.

Mientras Irene, sentada en la esquina de la mesa, de una forma infantil, le daba las gracias y le decía…

-Lo conseguiste, ahora se sabrá toda la verdad y yo me podré marchar.

La volvían a ignorar, pero ahora ya le daba lo mismo, pronto juzgarían a su asesino, lo iban a encerrar y no le haría daño a ninguna otra mujer.

Faltaba una única prueba que lo condenaría, era la cruz que en el momento de la pelea y antes de que Luis, le pusiera la almohada en la cara para asfixiarla, ella se metió en la boca.

Una cruz esmaltada con la inicial de su nombre y que para hacer justicia ella tragó deliberadamente.

Adelina GN

Estos son los comentarios que dan fuerza para seguir aprendiendo.

Gracias Gracias Gracias

Te animamos a que sigas escribiendo porque tienes ideas muy interesantes, pero, lamentablemente, no vamos a poder incluir tu relato en nuestro proyecto.

Quizá en otra ocasión. Muchas gracias de nuevo por tu interés.

Un abrazo

LA ALIADA

LA ALIADA

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LA ALIADA

Creía en aquel premio, cuando la noche llegaba era para él, el momento más preciado.

Las oscuras calles alumbradas con sus candilejas, compartían la diferencia y quitaban su miedo.

Provocándose a sus victimas la muerte o una secuela psicológica de por vida.

Ocultaba su rostro bajo el sombrero, una gabardina usada que lavaba a diario sin dejar rastro ni huella alguna de lo acontecido la noche anterior.

La silueta camina despacio, a su paso encuentra el burdel adecuado, en él entrará, buscando su presa, pero antes pasea su mirada por la barra del antro y allí estaba. Era joven y apuesto, estaba bebiendo, aquello facilitaría su intención de llevarlo hasta un lugar más tranquilo y allí…

Pero no quería adelantar acontecimientos, se acercó y entabló una corta conversación.

-¿Hola, estás sólo?

La contestación de aquel joven no se hizo esperar.

-¿Claro, salimos?

Fue fácil, el muchacho le acompañó hasta la calle, una vez allí víctima y verdugo se confundían en las sombras de aquel callejón.

Ninguno pronunciaba palabra, a no ser que el joven entendiese, moriría.

Aquéllo era lo que ocurría cada noche, el misterio estaba en la victima.

Ahora él, le invitará a volverse de espaldas, se abrirá la vestimenta e intentará aprovecharse del joven.

En un nivel poco ortodoxo todo aquél que caía en su juego era sometido a la penetración forzada.

De acceder a sus impulsos no había mayor delito, de no ser así y oponiéndose a su vicio, el asesinato era evidente.

Nadie que sobrevivio a sus acosos llegó nunca a denunciarlo. Seguía actuando y en el peor de los casos matando.

La oscuridad era su aliada y la vergüenza de sus víctimas, si no entendían también.

©Adelina GN

EXTRAÑA TELEPATÍA

Secuelas de la pandemia: Relato escrito antes del estado de alarma y que iba a formar parte de un libro de relatos en una editorial.

EXTRAÑA TELEPATÍA
Cómo poder enfrentarse a aquella decisión que cambiaría sin duda alguna su monótona e insostenible forma de vivir…
La perplejidad que causaba aquel rostro desencajado a la vez que triste, y que Irene observaba desde hacía unos minutos, la obligó, a acercarse poco a poco.
Disimuló, sí, solo lo que ella estaba viviendo y sintiendo, le parecía que cualquiera, sin conocer nada, iba a compararlas.
Está bien, fue la expresión mental que Irene se hacía al leer en la ficha informativa del cuadro, que la mujer retratada ya había fallecido.
En muchas ocasiones mujeres con problemas y muchas necesidades, se prestan para esos servicios de modelos, por un módico precio. Y siempre para esos pintores a los que otra esfera de artistas no los consideraba como tal.
Determinar aquellos datos que identificaban a la dama triste, le aseguraban poder luego buscar sobre su pasado, sabía por la expresión de sus ojos, sobre todo, que la tristeza envolvía su historia, de igual modo resultaría de ella misma, si quisieran plasmar en aquellos instantes la agonía de su mal herido corazón.
Seguía mirando y fijándose, aquel rostro le hablaba: Celos, desconfianza, qué sería, quería averiguarlo, era notorio que Irene se veía en ella…
Toda vestida de blanco, un ejemplo calcado al de ella en la noche Ibicenca en la que conocer a Gus trastocó sus sentimientos.
Su motivación por la vida ya no era la misma. Creció como las olas en un mar revuelto, llegó hasta un universo desconocido.
Y después… después de enseñarme que era la vida y el amor, me enterró en un hoyo lleno del lodo de la indiferencia.
Del que ahora no puedo salir… Se decía Irene sin apartar los ojos de los de la dama de blanco del cuadro.
La mañana había sido interesante, Irene salió de su casa sin desayunar, en su rostro la añoranza de aquellas veladas en las que la princesa sonriente y feliz fue ella. No había ninguna duda, su idéntico semblante encontró en aquel lienzo, una tela pintada, absorbida de melancolía.
Parpadeó un par de veces antes de, con los ojos cerrados, darse la vuelta.
No te alejes, es necesario que sepas…
La misma acción y aún con los párpados ocultando la luz de la sala, Irene retrocedió…
Intentaba descifrar aquel mensaje que su mente le mostraba, era ilógico, no podía decir que el cuadro le hablase, pero la triste pintura le expresaba con una extraña telepatía su ya longeva soledad.
Miró fijamente, volvió a acercarse… ¡La tela sudaba!
Registrando la habitación, Irene comprobó que se encontraba sola en aquel preciso instante…
Fui sometida a una libertad limitada. Una cárcel que vi abrirse un día por casualidad.
En la cabeza de Irene, seguían resonando aquellas lamentaciones, ahora sabía que no las estaba imaginando, que eran una realidad predispuesta.
¿Me escuchas?
¡Sí! Gritó Irene, mirando a los ojos de aquella que un día posó para quien la estaba pintando.
¿Pero, no sé, qué estoy haciendo? Sin abandonar la idea de qué estaba perdiendo la cabeza, le contestaba.
¿Qué es necesario que sepa? Siempre que se dirigía al retrato lo hacía en silencio, visualizando el rostro triste y escuchando atentamente sus pensamientos.
Fui una niña feliz, una buena hija y una hermana comprensiva. Con pocos menos años que aquí donde me ves retratada. Mi novio, el hombre que me robó parte de mi juventud e ilusiones, tuvo que dejarme para unirse a mi hermana mayor. Ella cumplía con el rol de mujer más madura para casarse con él…
Me cuentas esto por algo ¿verdad? Preguntaba Irene, sin verbalizar palabra.
Claro, las conversaciones no tienen sentido si no responden a un motivo.
¿Estás triste? Te diré que es lo que puedes hacer para encontrar la felicidad.
¿De verdad? Es contradictorio que tú me digas eso, cuando no eres el vivo retrato de la alegría.
Delante de mí el apuesto pintor plasmaba la tristeza de mi desamor, con aquellos pinceles sin colorido alguno. Después de las primeras sesiones cada uno se iba por su parte, pero el destino quiso que una de aquellas tardes, nos conociéramos de forma muy interesante.
Nada de lo que piensas te pone en lo cierto de cuál era mi tristeza.
A partir de aquel instante quedé envuelta en una eterna soledad, había perdido a un hombre y ahora perdería el amor, sería feliz hasta que la enfermedad que él sufría me lo arrebatará.
Señorita, tiene que abandonar el recinto, vamos a cerrar.
Escuchaba Irene, que estaba embelesada con lo que su pensamiento le estaba diciendo.
Me tengo que ir, ya has visto que me echan, pero mañana volveré, por lo que estoy escuchando, tenemos mucho en común.
Tu tristeza no tendrá nada que ver con la mía, pero podré ayudarte.
El celador se entretenía mirándola extrañado e impaciente por cerrar el museo.
Fue muy interesante, salía diciendo Irene, era una lástima, se seguía diciendo, no haber aprovechado más tiempo escuchando a aquel retrato titulado “Dama triste”
¡No estaba triste, estaba feliz, solo que ya sabía que pronto me quedaría sola!
Sus pasos se detuvieron, cómo podía ser, ya no estaba en el recinto, ni tenía el cuadro delante. Qué insólito diálogo había mantenido…
Estaba cerca de su casa, pero sus pensamientos no la dejaban llegar, con quién habló en todo aquel tiempo…
Y volvió a escuchar dentro de su cabeza, para qué nadie escuchase o tal vez para no perder ninguna de aquellas frases, que le ayudarían para llegar a ser feliz…
“Todo en la vía hay que vivirlo, lo bueno, lo menos agradable, estás con vida, para que perderte nada. Todo enseña, todo hace feliz”
Irene se sentó en un banco del parque, desde allí veía a lo lejos el museo a su derecha, y enfrente de ella su casa. Recapacitó y se levantó de allí diciendo en voz alta: Tengo que rehacer mi vida, estás en lo cierto, se puede ser feliz y estar triste, pero nunca la tristeza podrá destronar una felicidad plena.
Así es, se feliz cada momento, cada instante, cada minuto vale la pena vivirlo, aférrate a él…
Imposible apartar aquella dulce voz que de sus pensamientos salía, evocando frases de ánimo y reflexiones de esperanza.
¿Quién eres preguntaba ahora Irene? su corazón se aceleraba, tenía que ver a Gustavo, no podía permitir que otro día se fuese al trabajo sin verlo.
¿Soy, qué quién soy, preguntas? La mujer del cuadro, a la que tú has querido parecerte. Una joven con problemas, pero que en uno de aquellos momentos de felicidad supieron transmitir la tristeza que sentía. Mi pintor al contrario estaba triste sintiéndose en ese momento feliz por su obra bien hecha.
Es cierto, se dijo Irene, he querido ser una copia tuya, alguien a quien creía infeliz, porque yo misma me sentía de ese modo…
No quiero, no volveré a pretender que la tristeza se apodere de mí. Eres una buena recomendación volveré a visitarte…
Subió hasta su puerta, sacó la llave, pero no la utilizó, llamó y Gustavo le abrió. Antes de que él al ver que era ella, volviese a adentrarse, lo cogió del hombro y se colgó de su cuello.
Te quiero, le decía…
Sus ojos mostraban la emoción y la alegría de poder volver a pronunciar esas palabras.
Los meses siguientes y con aquella filosofía de vida que Irene había adoptado, su relación iba sobre ruedas. Nada se podía comparar con la agonía anterior de unos días de sufrimiento debido a que su vida no encontraba acople con sus enfermizos celos.
Solo le valió una visita al museo de pintura de su barrio, para recapacitar de que la vida es para vivirla.
Estar pendiente de otra historia, condicionaba la suya propia. Sus días tenían luz, afrodisíacos momentos que no dejaría jamás que pasarán sin sentirlos.
Aquella mañana el sol no podía estar más radiante, los dos paseaban por aquellas calles llenas de historia. Irene con un gesto cariñoso jaló de Gustavo y lo introducía en el recinto del arte casi de un empujón.
Le gustaba aquella galería, muchas tardes se acercaba y reflexionaba delante del lienzo de la dama triste…
Gracias por venir hoy con él
Irene después de mucho tiempo volvía a atender lo que sus pensamientos le decían.
Vuelve ese diálogo, qué puede ocasionar que me hables…
No te preocupes pronto terminará.
Esta y no otra, es la forma de qué Gustavo, conozca a su madre.

Adelina GN

DESOLACIÓN

DESOLACIÓN

DESOLACIÓN

Nadie me iba a creer por tanto escribí un relato, algo que contrastase la verdad con la irrealidad vivida por mí.
No quiero que nadie me crea, por eso cuento los hechos, igual que se cuenta una historia ficticia, un relato que aún faltando a la verdad llega a ser tan creíble como la propia realidad…
Todo estaba preparado de la noche anterior, seguro sería un hermoso día, uno de aquellos días que se guardan en el recuerdo.
El sol brillaba en lo alto de la colina y una primaveral brisa nos llenaba de sensaciones.
Tiré de la sábana, dejando al descubierto el cuerpo dormido de Pol. Me quedé observándolo, su piel blanca y suave me estaban excitando. Pero no era el momento, teníamos que ir a la playa, estaba todo preparado.
En ese momento me levanté dejando caer la parte de la tela que a mí me cubría, así que mi cuerpo quedó desnudo frente a sus ojos, que se abrían en ese instante.
Me pidió que me acercase, le dije que no, que al regreso, entonces era cuando íbamos a disfrutar de aquel momento, que sin querer, yo, alimente al apartar la ropa de cama del cuerpo de Pol.
Poco después estábamos en carretera, haciendo rugir el motor del automóvil que hacía muy poco nos habíamos comprado. Para ello sirvieron los ahorros de la boda ya que no nos llegamos a casar, las circunstancias lo habían querido así, eso y sus padres, claro. Diciéndome que borrarse aquellos recuerdos de mi mente y disfrutase del día de playa.
Con el brazo sintiendo el viento y la velocidad, Pol se arriesgaba emocionado apretando el acelerador. Cien, ciento veinte… y no quise mirar más…
De pronto aquel pájaro se estampó en la luna y el volantazo fue terrible, hasta el punto en el que el automóvil quedó con el techo en el suelo.
Miré hacia Pol y me sonreía, no sabía que ocurría, solo que cerré los ojos un instante y desperté en la cama con él…
Dios mío todo había sido un mal sueño, Pol aún dormía, tiré entonces de la sábana y lo dejé al descubierto. Me levanté y de igual modo que en el sueño dejé mi cuerpo al desnudo. Él me miró y me pidió que fuese a su lado, recordando el sueño y el accidente, no me lo pensé, me acosté…
Sus manos recorrieron mi cuerpo, las mías lo median palmo a palmo, gozamos como nunca lo habíamos hecho. Sin dejar nada para luego, sin posponer nada para otro momento. Nos amamos sin precedentes…
Quedando tendidos en la cama exhaustos, escuché un sonido, unos pitidos me hicieron volver la cabeza y abrir los ojos…
Viendo que estaba un gran número de médicos quise preguntar, pero no pude, frente a mí estaban mis padres y los suyos, aquello ya no era normal, ya que no se hablaban entre ellos, ni con nosotros.
Por momentos mi mente voló hasta los días del conflicto, mi vida pasó como si fuese una película por delante de mis ojos. La crueldad que tuvimos que vivir se apoderaba de mí angustiándome, hasta el punto en que quise saltar de la cama y buscar a Pol.
Volví a la posición horizontal que estaba, me ayudarían a calmarme inyectando en una de aquellas vías que llevaba en el brazo algún calmante, ya que comencé a relajarme, preguntando por Pol en cada uno de mis parpadeos.
Mis ojos se cerraron del todo, pero…
No me había dormido, cuando escuché hablar… Cuando despierte, habrá que decirle que su chico murió…
Abrí los ojos como platos y pese a la entubación, en mi mente grité su nombre.
Frente a mi desolación, alguien me tomó de la mano y soltando una penosa lamentación, dijo, pobre chico, a ver cómo le decimos que su chico ya no está.

Adelina GN

UN CIRUJANO OBEDIENTE

UN CIRUJANO OBEDIENTE

Era la última revisión después de la complicada operación. Mi primera visita fue al centro, aquellos grandes almacenes me estaban esperando. Era libre, ahora ya no tendría que esconder mi malformación facial que afeaba mi rostro. Voy entrando en él y es escalofriante, al poner el pie en la escalera mecánica, recuerdo el día que Pol tuvo el accidente. Fue lastimosamente una fatalidad aquel percance que le costó la vida.
Me llevo la mano a la cara, noto algo extraño, pero no noto nada, algo sensible tengo la piel, aunque es pronto, es la primera luz que roza mi rostro, en fin, intentaré no obsesionarme.
Miro enfrente y otra vez los recuerdos, la joyería, dónde si no podría haberme comprado el diamante, allí, el más caro el que le pedí…
Dios, Pol era un rico asqueroso, tremendamente baboso adinerado, lástima que mi paraguas se cruzase con sus piernas aquel fatídico día.
Todo fue un accidente, nadie me pidió cuentas, cómo iban a hacerlo. A la esposa? Una jovencita con la cara marcada? Pues no señores, fui la viuda apenada…
¿Pero qué es esto? Lo que pensaba que era sudor está resultando ser un líquido viscoso que sale de mi piel.
El médico me dijo que estaba todo bien, no lo entiendo, Artur era el mejor cirujano de la ciudad y amigo de Pol…
Después de heredar su imperio, me reí yo, él ya no podía burlarse de mi cara rasgada como decía con ironía, negando su dinero para arreglarla…
Mientras yo viva no te operas, solo de éste modo me serás fiel en vida y puede que después de muerto.
Aquello solo se lo creía él, teniendo su dinero haría aquello que yo quisiera…
Estaba incómoda, no dejaba de tocarme y ensuciaba mi piel, entré en el lavabo, para ver qué ocurría…
¡Socorro! ¡Qué era aquello!
Tenía toda la piel enrojecida, y agrietada por donde rezumaba aquel líquido viscoso…
Seguidamente por donde me había retocado, la carne comenzaba a transformarse en una masa gelatinosa…
En aquel instante por los altavoces del centro comercial avisaban del cierre…
Y mi teléfono móvil sonaba, no acertaba a contestar, ya parte de mi pómulo había caído y se encontraba en la grifería…
¡No me digas eso!
Ten compasión, no puede ser cierto lo que me estás diciendo…
Era Artur quien me hablaba…
Perdóname Julia, tan solo cumplí órdenes de Pol, me dijo que si le ocurría algo y me pedías que te operase que hiciese lo posible para que nunca pudieses serle infiel…
¡Nooo!
Adelina GN

ESPECIAL SAN VALENTÍN/Musas literarias

https://www.facebook.com/Musas-Literarias-2049797035253164/
AUTORA: Adelina Gimeno Navarro
TITULO: TE QUIERO
Aún no ha amanecido, el día de los enamorados no ha despertado todavía, pero siempre lo hemos dicho. Aunque estuviésemos separados nos íbamos a escribir siempre.
Y aquí me tienes amor mío, un día más, otro año comprometiéndonos con nuestro querer. Para qué, para que no muera, para que viva en nosotros, en nuestras letras.
Puedes creer que ya estoy deseando leerte, pero para ti aún es pronto, sigues dormido cariño. Lo sé, mi necesidad por escribir siempre te ha obligado a replicar mis letras.
Deberíamos de patentar este modo de comunicar los sentimientos, es fiel y no se puede rectificar. Así lo hacemos y siempre lo hemos hecho amor, también sé que la distancia no es el olvido, la prueba, nosotros.
Esta separación forzosa nos obliga a querer que nos digamos te quiero, que nos esperemos el uno al otro. No queda otra, cariño, el amor de verdad es así, sufrido, cómplice de dos.
Un día el destino se sinceró con nosotros, el sino de nuestro amor habló y así lo hizo, con letras, con nuestras cartas, con las mías las que no lees y con las tuyas, las que escribes con el corazón.
Hoy voy a ir un poco más allá, al escribirte, de cualquier modo, me sirve de terapia. Terminaré y la guardaré en el cajón de mi escritorio, iré a tu habitación y con cariño te despertaré, diez años a tu cuidado, sintiendo el paso del tiempo en mi piel y viendo la tuya envejecer sin que tú lo aprecies.
Es una crueldad, pero nuestro deseo era este, vivir siempre juntos, que ninguno se fuese antes, que ni tú ni yo fuésemos el primero y así está siendo.
Hay que ir con tacto a la hora de pedir, ya que los deseos suelen cumplirse de un modo u otro, para bien y también para mal.
Aunque para ti no tiene nada de malo, pues puedes catalogar cualquier momento en otro espacio tiempo. Sentir frío cuando el día es caluroso y sudar en ese instante en el que los cristales se empañan por el contraste de la temperatura de fuera a dentro.
Pero lo que me gusta, lo que me hace enloquecer de amor, es el momento en el que una vez aseado, sales directo al salón, te calzas tus lentes, y abriendo con elegancia tu cuaderno comienzas a escribir. Incluso antes que desayunar, la musa que sigue viva en ti, te inspira como antaño y dedicado a mí como siempre, me escribes.
Ella no olvidó, te ha sido fiel, bendita la mente que con misterio aún te pertenece, por cuánto tiempo, hasta cuándo…
P. D:
Me miras, sonríes, tendiendo la mano, me lo muestras…
Hoy como cada día leo, te miro, dos lágrimas se deslizan por mi rostro…
Creo que nuestro deseo se cumple, está cerca, muy cerca…
Comienzo a imitar tu patrón, pronto será posible estar juntos, espérame, te quiero.
Tu amor

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SERENA

SERENA

SERENA
Todo comenzaba igual que muchas historias de misterio…
Serena se levantaba del descanso nocturno, un día gris había amanecido y la ya no tan joven mujer, quería dar luz a sus momentos, que no todo fuese oscuridad en su historia ¿lo conseguiría? No dejéis de leer que ahora empieza el suspense.
Madrugada lluviosa, aún el sonido de las campanadas resonaba en sus oídos, las risas no cesaban, la ingesta de alcohol en ellos sobrepasaba los limites y la mala conducción de una pareja descontrolada hacía que sus instintos sexuales se desbordasen.
Pol metió su brazo entre las piernas de Serena quien al mismo tiempo intentaba besarlo. Sucediendo lo que nunca debió suceder, ella mareada perdió la distancia de la carretera y acercándose demasiado al precipicio, el automóvil se precipitó al vacío de aquella montaña.
El silencio era aterrador todos la miraban hasta que Pol, él aún no había dicho su nombre, la besó apasionadamente cubriendo su cuerpo.
¡Ya es tuya! Gritó uno de los asistentes a la fiesta.
¡Déjame respirar! Le intentó advertir ella, pero él cargando con su cuerpo la subió a su habitación.
Aquella curva peligrosa y su mala actuación en la carretera los escondían entre los matorrales, una zona solitaria los escondía de la realidad en aquel hotelito de montaña, donde los dos fueron por libre a festejar el fin y comienzo de año.
La tragedia muda como sus víctimas presagiaba no tener salvación, nadie los veía ni nadie podía escuchar su silencio. La causa fue un instante feliz por lo que el accidente no causó estruendo, ni fuego, ni dolor, poco a poco resbalaban sus restos al punto más bajo de aquel barranco.
Pero la vida no había sucumbido a la catástrofe, uno de ellos abrió los ojos, viendo las nubes tan cerca que hasta veía salir de ellas las gotas de lluvia…
Arrastró su cuerpo entre la maleza, zarzas hirientes destrozaron sus ropas haciendo sangrar sus extremidades. Haciéndole pensar que allí sí que encontraría la muerte…
La vida de un superviviente en aquellas condiciones no debe de ser fácil y de hecho no lo fue.
Dejando a la otra víctima en el lugar de los hechos, volvió a la fiesta, se dejó ver, no comentó nada del accidente, culpando a sus heridas de la bebida y a un mal tropezón dado en los aledaños del jardín del recinto.
Los años habían pasado, nunca la persona superviviente escuchó noticia alguna respecto del accidente y es de suponer que no intentó preguntar cuáles fueron las causas, dejando caer un tupido velo al que podía haber sido también el motivo de su muerte.
Serena había tomado fuerzas con el desayuno, no conducía desde hacía mucho tiempo, así que comenzó a andar, le esperaba un largo paseo hasta llegar a la urbanización, el hogar predestinado para médicos, arquitectos y algún que otro artista del mundo musical.
Aún era una incógnita que la dejasen acceder, pero sabía bien el nombre y apellidos del cirujano al que iba a visitar… Doctor Goguet.
Tenía qué… Nada había sido igual desde entonces, dejó de quererse, quiso haber muerto, pero fue muy cobarde. Arropada por su familia, Serena pasó varias veces por el quirófano, pero, como ella misma sabía, nada fue igual, nada sería nunca igual…
Un coche de jardín la paseó por la urbe privada, acercándose despacio a la terraza donde el médico tomaba una taza de café.
Asomado al mirador la llamó…
¡Serena, qué gusto verte! ¿Cómo estás? ¡Cuánto tiempo!
Mientras Serena, articulaba su mano ortopédica para aflojar la prótesis en sus piernas y ponerse, sin ayuda del doctor, de pie…
¡Déjame que te ayude! Le dijo ya estando a su lado.
Fue entonces cuando Serena le miró a los ojos y le dijo: No hace falta, ya han pasado muchos años, y estoy acostumbrada a ellas…
Pero después de todo lo que has hecho por mí no tengo mas remedio que agradecerte tu interés…
A pesar de qué… Podrías haber actuado de ese modo y no haberme dejado abandonada… Pol.

©Adelina GN