V Antología VisiBilizArte Mujer y virginidad – DESFLORACIÓN

V Antología VisiBilizArte Mujer y virginidad – DESFLORACIÓN

Cuadro Inocencia de Pedro Sáenz, 1899

LA DESFLORACIÓN

En la brutal idea de considerar a las mujeres una mercancía y un objeto a lo largo de la historia ha habido (y aún existen) quienes idolatran la idea de «desvirgar» y quienes piensan que en ello va la honorabilidad y hasta la monstruosa idea de que hacerlo cura enfermedades venéreas masculinas.

Un tema tan execrable ha sido abordado en esta antología con la excepcional sensibilidad de nuestra amiga y entrañable colaboradora Adelina Gimeno Navarro-Escritora para quien os pido una lectura atenta y reconocimiento.

Añadir que la pintura en la que Adelina Gimeno Navarro-Escritora basa su relato fue premiada a principios del siglo XX con múltiples honores. Dejo en vuestras letras las conclusiones.

Autor:  Adelina Gimeno Navarro

Estudios Primarios

Escritora Valencia

ERA ELLA LA ELEGIDA

Aquella mañana el cielo nos hacía gozar con su color azul. Con mi cuerpo se lo ocultaba, cada vez que me acercaba a darle agua a mi hija Maly. El tiempo de sus dolores, eran más intensos y cortos en sus contracciones, no tardaría en parir. Le aparté las sábanas que había humedecido y separé sus piernas. Viendo su sufrimiento y el movimiento de su tripa, mis escalofríos me delataron y ella me preguntó. Hice omisión y mi respuesta fue nula, no quería que supiese que aquellos dolores no serían nada a los que tendría cuando viese, si paria una hija, y la desvirgasen a corta edad.

Mi predisposición me recordaba a la de mi madre, cuando su actitud fue la misma el día que yo paria. Bueno aquel acontecimiento fue por la noche, un buen momento en el que no enredaba nadie, los hombres y la chiquillería dormían.

Hoy era diferente, todos querían ser útiles, o mejor dicho querían saber qué venía al mundo, puesto que, si era una niña, ella era la elegida.

Catorce años después…

Maly había muerto en el parto complicado que tuvo al parir a la niña, sí, fue una niña. Channari maldecía el día en el que ella misma parió a su hija, la que entonces catorce años atrás, el suyo, la destrozó por dentro debido a su juventud.

Las niñas allí donde vivían, si superaban que las desvirgasen era un logro, aunque el reto venía cuando después de aquella desfloración sin consentir y por dinero, llegaban a parir y superar el parto. Aquel era siempre otro de los grandes retos de las niñas frente a la pedofilia que se enseñaba con las vírgenes de corta edad.

Aquella mañana la joven abuela de Khiev se sentía morir, su marido el jefe del hogar había dictado sentencia. La niña con tan solo catorce años había sido apalabrada a un adinerado que buscaba para sus achaques, tal vez ficticios, una virgen a la que desflorar y así, cumplir con el ritual que le llevaban a creer que aquella superstición lo sanaría.

La mujer, mientras cepillaba el pelo de su nieta, lloraba, se sentía culpable, de no haber parido, ahora Khiev no sería la cuarta virgen de la familia, amancillada con aquella cruel creencia.

Por otra parte, el abuelo seguía frotándose las manos, miraba la belleza de su nieta y sabía que aquel dato, en la ficha que había rellenado en la casa oficial, así llamaban al lugar de la cita. Seguramente alguna vez también usó la misma superstición para aliviar sus enfermedades venéreas con alguna de las niñas que la mafia cruel de la pedofilia utilizaba para sus barbaries.

Su melena morena zaina, contrastaba con su piel lozana y blanca, nada bronceada, así gustaba a los “señores” que buscaban placer en las vírgenes.

Khiev, solo había escuchado hablar de su madre una sola vez, fue su propia abuela la que le confesó que su joven hija muerta en el parto, la que le dio a ella la vida, se le parecía mucho. Y que también cumplió con aquella aberración machista y de ancestrales supersticiones, que aún ahora en la actualidad seguían estando tan en vigor lamentablemente.

El día llegó y Channary con suma tristeza, dio un baño de sales aromáticas a la niña. Ella pese a su madurez era presa y estaba dominada por la gobernación masculina. Consecuencia de todo lo vivido desde su niñez Channary sufrió golpes y malos tratos, los cuales le habían dejado huellas en su cuerpo, pero las más lamentables eran las de la mente.

La vistió tan inmaculada como era y dándole un beso en la mejilla se despidió de ella. Odiaba al intruso que la iba a desflorar, sabía la consecuencia de sus actos, aquellos que ahora la angustiaban por haber permitido que se llevarán a cabo en su nieta.

De la mano de su abuelo la niña caminaba calle abajo sin ningún tipo de vergüenza por parte de él, y a la vista de todo el que se cruzaba con ellos, les sonreían. Ella no imaginaba que le podría pasar, por lo que correspondía con la misma mueca arqueada, que sin duda luego cambiaría a la de tristeza.

Al llegar delante de aquellas casas magistrales donde a Khiev le esperaba la mutilación de su himen, sus ojos se llenaron de ilusión óptica, jardines de ensueño se presentaban delante de ella. Alguien la tomó de la mano, era una joven un poco mayor que ella, la llamó hermosa y a ella le agradó, miró a su abuelo, le dedicó una sonrisa, y acompañó a la joven concubina.

Las escaleras no presentaban lo que arriba le esperaba, de mármol y figuras adornadas con pan de oro lucían maravillosas, daban sensación de ser nuevas, eran perfectas.

A Khiev le latía fuerte el corazón, su imaginación iba más allá de lo que en realidad pasaría en la estancia donde ahora era alojada.

La muchacha que la acompañaba no mediaba palabra simplemente se dedicaba a mostrarle con señales lo que tenía que hacer, ahora le indicaba que entrase. La niña temía que su corazón se escuchase y puso la mano de la joven en su pecho, haciéndole sentir su latir emocionado.

No debió ser de su agrado, ya que la muchacha la apartó en un acto reflejo mirando fijamente a los ojos a la niña. No había duda de que esa misma ilusión y de agitado sentimiento era la que muchas niñas de corta edad que allí eran desfloradas, perdían además de su virginidad.

Justo allí delante de ella estaba aquel lienzo que mostraba a una niña desnuda como si fuese una mujer adulta con postura insinuante.

Era el vivo retrato de la paidofilia, algo que ella desconocía y que no entendería hasta más tarde y no tan siquiera entonces sabría que es lo que le estaban haciendo.

Fue desnudada por su comprador, acariciada y con lascivos actos, vejada, las manos del maduro y porcino adulto, tocaba con lascivos movimientos circulares los pezones de la niña. Seguramente habían pagado lo suficiente para el acto, el hombre que la desfloró se tomó su tiempo.

Khiev tomó todas aquellas caricias, como juegos infantiles, pero en realidad el hombre exacerbaba cada una de ellas, provocando en muchas mucho dolor.

Como en el lienzo que había observado antes la tendió, despojándose él de su albornoz, se acercó a la niña y solo le pidió que ella misma se tocase, minutos después no obtuvo ninguna respuesta a su virilidad, era motivo aquel por el que quería desflorar a Khiev.

Había llegado el momento de la crueldad y la brutalidad de lo que le ocurriría a la niña, igual que a muchas, casi siempre por dinero, son desvirgadas para curar la impotencia sexual.

Para entonces ya su sonrisa era un esbozo, y sus gemidos de dolor crujían entre dientes…

Para entonces, su violador introducía un falo en la vagina de Khiev sin darle tiempo a gritar, lo hundió en su cuerpo, haciendo así que la niña suspendiese su aliento dejando de respirar hasta que el monstruo que la desfloraba con aquel acto pedófilo, lo sacó…

Pasan los años y el tiempo, y las supersticiones siguen, existe la trata de vírgenes en que la desfloración se considera un ritual para la sanación de enfermedades venéreas.

Todavía hoy y en el siglo XXI en Camboya se utiliza esta práctica y es ofrecida a jóvenes para ganar dinero fácilmente. Muchachas necesitadas y de familias con pocos ingresos. Lo que no dicen es que detrás de esa mafia se esconden los pedófilos, los sin escrúpulos, los asesinos de la virginidad como la de Khiev. La que ocultó su niñez en el fondo de la desgracia por ser una mujer y que no volvería a sonreír. Porque truncó la sonrisa que aparecía hasta entonces en su rostro de niña y su virginidad murió, no en aquel momento, no, murió en el día que nació mujer en un mundo donde la mujer es un objeto para esas prácticas.

Adelina Gimeno Navarro

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