SOBRE DOS, NO SOBRE CUATRO

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En ese instante en el que todo comienza, como es el amanecer, alguien despertaba. Un humilde lecho soportaba sus sueños, dormían, esperando cada día despertar y verlo hecho realidad.

Aquella noche estaba fría, después de cenar Carol y Sergio, se sentaron al calor de la lumbre, charlaban amigablemente con sus compañeros, cuando uno de ellos comenzó a hablar y en aquella terapia de grupo, contó lo que aquel día le había sucedido.

Había estado en el banco, al que él solía ir con anterioridad, estaba dos calles más abajo, al oír hablar a su amigo todos supieron a que cajero se refería. Sabían que Pedro era el gerente de aquella entidad y que siempre se portó muy bien con ellos. Al reconocerlo le había hecho un regalo muy especial, estaba relatando y contaba, que Pedro le había llevado con él. Consiguió que le diese un paseo en su descapotable, lo había acompañado en unas visitas que hizo referentes al banco. Claro está que él no se bajó en ningún momento del vehículo, temía que alguien le viese y pudiese pensar lo que no era.

La pareja escuchaba atenta a Jorge, no se perdían ni una palabra de las que estaba diciendo, como si quisieran aprender para conseguir ellos también el deseado regalo. Pasear sobre cuatro ruedas a pesar de que el viaje durase poco.

Quedaron ellos tres, los demás fueron yéndose cada uno a sus respectivos habitáculos, Carol seguía escuchando, agarrando con sus dos manos el vaso que humeante se llevaba a la boca. Mientras sorbía el reconfortante café, Sergio la convencía para que al día siguiente fueran a ver si ellos también eran los agraciados como lo había sido su amigo.

Bien abrazados paliaban el frío, ya no tardaría en amanecer y aún estaban despiertos, los dos aquella noche padecieron insomnio. La primera en ir al baño fue ella, se quitó el gorro y los guantes que dejaban los dedos al descubierto. Se peinó y aseo un poco, poco era lo que podía acicalar su cuerpo, la maldita situación los había llevado a la mendicidad. Cuando llegó él, la encontró llorando, verla así le rompía el corazón, intentaría por todos los medios que estuviese feliz, irían aquella mañana donde Pedro, y Sergio le pediría que contentase a su depresiva esposa con un paseo en aquel descapotable rojo que tan bien Jorge había descrito.

Cerca del callejón donde vivían entre los cartones, tal y como doblabas la esquina, estaba la cafetería “ByB” el bar bici, al que acudían invitados por su dueño debido a su mala situación económica. El establecimiento estaba muy concurrido siempre, los clientes la mayoría eran ciclistas que aparcaban sus bicicletas en la puerta mientras almorzaban o simplemente tomaban un refresco isotónico que les fortaleciese y montar de nuevo en sus bicis para reanudar su camino.

Aquel sería un día especial para los dos, la casualidad parece que no existe, y a esta se une la causa haciéndola causalidad. A pocos metros de ellos un Pedro ataviado con el equipo completo como para dar la Vuelta Ciclista a España, les saludaba. Los dos correspondieron a su saludo, pensando que no tendrían que ir hasta el banco para encontrarse con él y su descapotable. Y sin saber en que día se encontraban se extrañaban al verlo con aquellas pintas.

Para ellos los días no tenían nombre, no había un lunes ni un viernes ni un domingo que era por excelencia allí y en cualquier ciudad el día de las bicis.

Los primeros en acercarse y entablar conversación fueron los jóvenes, haciendo de sus palabras un interrogatorio de tercer grado. Qué dónde estaba y muchas más fueron aquellas que hicieron que Pedro descubriese las ansias que tenían por montar en su coche.

La primera en mostrar su decepción fue Carol, también era la que estaba más delicada de salud, tantos días entre cuatro cartones y con movilidad nula, no la beneficiaban en nada. Su joven marido aún recorría los supermercados en busca de ese producto estrella pasado de fecha que ya los demás con más recursos no quieren.

Las palabras de Pedro los dejaron un poco fuera de juego, qué harían ahora, nadie en el barrio era tan permisible como lo era él. Pero en fin cada uno hace y deshace a su antojo y con su capa hace un sayo. La confesión del banquero de que había vendido su coche porque gastaba mucho y le estaba dando una vida muy sedentaria, los dejó desilusionados. Argumentaba que hizo un trueque con su otro yo y decidieron moverse a la par, ejercitando cada uno de sus sentidos haciendo uso de la bicicleta y su saludable movimiento, tanto físico como mental.

La pareja no podía decir nada, nada más pensaron que se quedaban sin el paseo a cuatro ruedas que imaginaron tantas veces. Como si de un libro abierto se tratase Pedro leyó en ellos que era más que una simple decepción. Aquellos jóvenes lo habían perdido todo, en aquel momento hasta la ilusión y la esperanza.

Los vio alejarse con decepción y a la vez con enfado, sabía que cuando alguien no es feliz no se muestra tal y como es. De frases motivadoras Pedro sabía bastantes, últimamente le gustaba leer a Lance Amstrong que nos dice también que ganar tiene que ver con el corazón no solo con las piernas…

Apuró aquella bebida refrescante y se montó en su bici desapareciendo del escenario que tanto le había enseñado aquel día.

El domingo pasó, llegando la noche la pareja volvió a sus ilusiones poniéndolas en movimiento al soñar, pero esta vez fue de otra forma. Ya no paseando en un descapotable de cuatro ruedas, si no en una bicicleta, coincidiendo en lo soñado.

Y como los sueños se hacen realidad no hicieron nada más que doblar la esquina y allí estaba, un tándem, regalo de su amigo al que la vida sobre dos ruedas le había cambiado su forma de moverse por ella.

Mi participación en el concurso

www.zendalibros.com

#historiasdebicis

 

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