DESEOS CUMPLIDOS

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Dos amargas lágrimas se deslizaban por las mejillas de Carla, cuando sin fuerza suficiente lanzaba al mar parte de las cenizas de Néstor. El resto y a expresa voluntad suya sería guardado en el apartamento de la playa, donde vivieron su apasionado amor aquellos pocos años…

– ¡No seas tonto! ¡Levanta, levántate ya! Le decía ella a Borja, jugueteando en la cama, mientras le mostraba aquel sol radiante que asomaba insultante por la ventana…

– ¡Quiero dormir! Contestaba él, agarrando a Carla de un pellizco y la acercaba a su cuerpo desnudo…

Pero aquella mañana las ganas de vivir invadían el corazón de ella y quería que aquella noche se prolongase con el mismo amor que había tenido, pero ante los ojos del mundo…

Así que tirando de él lo animó a levantarse…

– El mar nos espera, le decía, no le hagamos esperar. ¡Vamos a navegar! ¡Perdámonos!

– ¿Qué nos busquen?

– Sí; ¡Juntos los dos!

– ¿Necesitamos a alguien?

-¡No!, ¿pues vamos a qué esperas?…

Un conjunto de preguntas y respuestas se sucedieron en un instante, y sonriente Borja, apartó la sábana con la que cubría su desnudez, para salir a disfrutar con su querida mujer, igual como lo habían hecho aquellos dos años, en los que hacía que vivían juntos y que gracias a su buena situación económica, podían disfrutar.

Todos sus deseos podían ver cumplidos, vacaciones repletas de días en los que se pasaban la mayoría de las horas en su yate “Deseo”. Velas a la luz de la luna pidiendo ese que les permitiese perdurar su felicidad juntos hasta la eternidad. Pero que de adversidades tiene la vida, cuando aquel mismo día ocurriría lo único que con el nacimiento, es real en la propia existencia, la muerte…

Estaban saboreando un excelente caviar por expreso deseo de Carla, que como siempre hacía realidad Borja, cuando un viento de Levante hizo su caprichosa aparición estropeando el momento… Como buen navegante, que lo era, Borja sabía que tenían que regresar, que aquello era peligroso, pero las insistentes caricias de Carla, no le daban tregua a levantarse y poner rumbo al puerto de donde habían partido…

Estamos lejos de Marbella, ¿Lo sabes amor? Pero como siempre no espero respuesta, brindó una vez más y sucumbió a sus deseos…

Todavía no había cesado el viento cuando Borja se levantó para poner en marcha el motor del barco, volverían, sin remedio aquello había tomado un cariz extremadamente suicida…

-¡Nos vamos! lo siento cariño…

Se levantó acercándose a la borda, y con tan mala fortuna…

Había pasado un año, y cada vez que tenía ocasión regresaba a la casa de la playa…

-No debí haberle pedido que deseaba quedarme allí con él, se decía Carla mientras, tomaba los restos de su amado de la repisa de cristal… La urna azulada, la abrazaba fuerte y se sentaba con ella en el varadero a recordar.

Aquellos recuerdos la atormentaban, no podía vivir sin él, lo que no sabía era como podía haber aguantado tanto tiempo sin sus caricias, sin aquellas muestras de cariño y sin que le concediera aquel deseo que siempre pidieron juntos.

*Pero seguro que todo estaba por llegar, seguir leyendo, solo os pido unos pocos minutos más de lectura y llegaréis a la conclusión de que los deseos se cumplen…

Carla se quedaba mirando al mar, estaba completamente en calma, solo una suave brisa tocaba su rostro como una tierna caricia, se estremeció, al creer percibir el aroma de un perfume que le era conocido… Miró otra vez al horizonte, estimando que aquella ráfaga de viento que comenzaba a levantarse fuese en aumento. Y así fue sin saber como se convertía en Levante como aquel día. Agradecida a la naturaleza y sin saber porqué, regresó a la casa, sin separar a Borja de su pecho, sonreía y a su vez sus lágrimas iban en aumento, un desconcierto de sensaciones entre felicidad y miedo se acumulaban en su corazón, haciéndolo latir desesperadamente. Mirando hacia atrás, algo que nunca se debe de hacer, veía como las olas crecían y el agua hacía desaparecer el embarcadero… Llegando justo para dejar las cenizas en la repisa…

Una vez más pidió un deseo y se sentó en el sillón… sus ojos no se apartaban de la puerta de cristal, comenzando a verse las primeras filtraciones de agua… Y en aquel instante recordaba cuando aquella vez sufrieron una pequeña inundación propia de aquellos repentinos temporales marítimos y los dos se abrazaron para sucumbir juntos si llegaba el momento de la muerte…

El agua llegó hasta la repisa haciendo volcar la urna y haciendo que las cenizas zozobrasen por encima del agua, acercándose lentamente a ella…

Cuando las tuvo cerca, el agua le llegaba más arriba de la cintura y sentía una presión que no la dejaba levantarse, aunque si hubiese podido tampoco lo hubiese hecho, ya que aquel era el deseo que había pedido… su último deseo.

©Adelina GN

 

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